martes, 15 de diciembre de 2020

Kocmo (Preludio, CH1)

Preludio



Lesier respiraba erráticamente detrás de una gran roca cerca del centro de la vasta arena. Había corrido por días a través de senderos de piedras, bosques con frondosos arbustos y pasado por largas llanuras cubiertas de huecos dejados por las explosiones de magia. Tenía los pies entumecidos, sus pulmones ardían, y sus labios se partían cada vez que abría su boca.

Después de semanas de castigo, sus piernas finalmente cedieron. Su cuerpo chocó contra la dura tierra. Lesier estaba en su límite. Había llegado al último anillo por pura fuerza de voluntad. «Solo un poco más —pensó Lesier—. Todo terminará pronto».

Sus párpados se sentían pesados, deseaba cerrarlos aún si eso significaba no abrirlos nuevamente. ¿Cuántas noches de sueño perdió por tener que vigilar su propia espalda? Él no lo sabía, dejó de contar luego de la octava noche consecutiva. ¿Se lo perdonarían si este fuera el final? No. Y por eso tenía que mantenerse despierto.

Sacó fuerzas, y apoyó su espalda en la roca. Buscó en los bolsillos de su chaqueta, en su cinturón y pantalón; su daga y un pequeño set de pociones se encontraban allí junto a otras cosas de menor importancia. Se alivió al ver que no había perdido nada.

Tomó una de las pociones, la verde bruma revoloteaba en su interior. Los magos, a menudo, la llamaban niebla embotellada. La destapó y absorbió su contenido. Una ráfaga de energía corrió por todo su cuerpo, haciendo que se sienta revitalizado. No se había recuperado, no es así como funciona el cuerpo, pero si podía hacer que este se olvidara del cansancio por un tiempo.

Puso el frasco junto a los otros y un pensamiento surgió en su cabeza «Niebla». Lesier lo recordó. Vaciló, pero luego levantó su mirada. Suspiró. La neblina escarlata, que tanto lo había perseguido, había cesado su avance, y se encontraba a solo unos pocos metros de distancia de él. ¿Cómo había podido olvidarse de algo tan importante? Si esa neblina lo tocaba, todo se acabaría.

Lo había visto incontables veces en estas últimas semanas. Ingenuos que se quedaban atrás creyendo que no pasaría nada, personas con mala suerte que no llegaban a tiempo al siguiente anillo y otros que se veían obligados a entrar por culpa de otro mago. Todos y cada uno de ellos corrían el mismo destino. Sus cuerpos se deformaban, la nariz se invertía, las piernas se hinchaban, los ojos salían de sus cuencas, y al final, el cuerpo estallaba. Sin sangre, sin entrañas, pero con mucho dolor. Era una escena grotesca para muchos y Lesier no pensaba diferente.

Pero no morían, incluso en una competición como esta, estaba prohibido matar.

Eran enviados de regreso, como si nada. A menudo, Lesier se preguntaba si todo eso era realmente necesario o si solo era entretenimiento para la audiencia.

Incluso ahora estaba siendo observado, podía ver las esferas moradas ir de un lado para el otro buscando participantes en peleas o a famosos magos nobles que tuvieran posibilidades de ganar.

Sin embargo, era la primera vez que las veía tan de cerca. La mayoría de las escaramuzas en las que participaba eran contra personas sin nombres como él. Esclavos, clases bajas, e incluso pequeños comerciantes que buscaban algo de fama. Por supuesto, estas batallas no eran interesantes para los espectadores. Pero eso no molestaba a Lesier. Es lo que le daba ventaja. Podía hacer cualquier tipo de truco o trampa para ganar y nadie lo vería. Obviamente, no podría hacer lo mismo contra alguien más habilidoso que él, pero era suficiente para ganarle a alguien de su nivel o un poco superior.

Tenía que hacerlo. De otra forma, ellos no quedarían satisfechos. A Lesier le dolía la cicatriz cada vez que se acordaba de esas personas. Roja e inmutable en su mentón, tenía una forma de tiburón con una cruz en las fauces. Era una marca de obediencia, la que lo convertía en un esclavo.

Jamás olvidaría sus sonrisas burlonas y sus ojos maliciosos al hablarle sobre la competencia.

«—Danos un buen espectáculo, Lesier —dijo uno de ellos—. De lo contrario, sabes lo que le pasará a tu hermana, ¿verdad?

—Quién sabe, puede que si logras ganar, te dejemos libre —dijo el otro».

No había forma de que Lesier ganara y lo sabía bien. ¿Un Yuuvan abatiendo un noble? Imposible, había tenido suerte de no encontrarse a ninguno hasta ahora. Quizás, si fuera una competencia de ingenio, él podría ganar. Pero era muy distinto cuando se trataba de la magia y la Palabra.

Es por ese motivo que Lesier había estado evitando hacer combates contra ellos. No los buscaba, y ellos no lo buscaban. Pero, tarde o temprano, él tendría que enfrentarlos, y para cuando se encontrara con uno, aún tenía un As bajo la manga. Solo podía hacerlo una vez, así que tenía que evitar un enfrentamiento con un noble hasta el final. Tal vez así tendría una oportunidad de ganar, pero no debían verlo.

Lesier se estremeció al escuchar pasos que se acercaban hacia él lentamente. Eran pisadas fuertes, de un hombre de al menos dos metros, posiblemente era un noble de la raza Hovani. Lo podía deducir por su aura. Lesier había escuchado muchas historias acerca de ellos. Eran formidables guerreros con cuerpos grandes y robustos, en su mayoría de color rojizo, también conocidos como los gigantes del este. Y por si eso no fuera suficiente, también eran muy hábiles con la Palabra. Era, quizás, el peor enfrentamiento para él.

Lesier evitó hacer ruidos, casi sin respirar. Con mucha suerte él se iría y no tendrían que pelear. Las pisadas cesaron abruptamente. Hubo un silencio que parecía durar una eternidad, entonces, el fornido hombre habló.

—Sal de ahí Yuuvan, se que estas detrás de esa piedra —dijo—. No me hagas destruirla, sabes que lo haré.

No hubo respuesta.

—No digas que no te lo advertí. —Estaba preparado para avanzar. Sin la Palabra, solo con su cuerpo.

El Hovani cargó hacia delante, abalanzándose sobre la roca. Destruyéndola a su paso. Escombros volaron en todas direcciones, como si un millar de agujas cayeran desparramadas al suelo, y una fina capa de polvo se alzó en un instante. Esa carga hubiera matado a un hombre promedio. Examinó cada rincón, en busca del Yuuvan. Sin embargo, nadie estaba detrás del peñasco. Se había esfumado. 

Sintió un dolor punzante en sus pies descalzos. Pequeñas púas estaban esparcidas por la zona, y un líquido verde salía de ellas. Era veneno, lo suficientemente fuerte como para paralizar a un oso.

—¿Te gustan mis púas? Espero que no te moleste estar paralizado un momento —dijo Lesier.

—¡Muéstrate, Cobarde! —gritó el Hovani.

Pero Lesier no respondió.

El gigante se acercó a la voz, paso a paso hasta llegar a la neblina. Fue entonces cuando se dio cuenta, y se detuvo en seco.

Lesier, que había entrado en la neblina, estaba observando al gigante. Su nariz se había empezado a invertir. Un dolor agudo y punzante atacó su cara, quería gritar de dolor. Pero tenía que aguantar. El veneno haría efecto pronto, y entonces, él ganaría.

«Resiste Lesier, resiste. Solo es un poco de dolor». Se dijo a sí mismo.

Pero la realidad...

Era más dura de lo que a él le hubiera gustado.

La tierra empezó a temblar.

—¡Hahahahaha! Fue un gran intento, Yuuvan, hasta quizás inteligente —dijo—. Te has ganado mi respeto. Yorick, recuerdalo bien, es el nombre de quien te derrotó.

La tierra tembló aún más salvajemente, y una fuerte luz dorada empezó a emerger de ella, acompañada del sonido de la voz de Yorick. Lesier no podía comprender lo que estaba diciendo, pero si sabía de qué se trataba. Era su Palabra. Un poder que venía de la sangre y el alma de una persona.

La luz dorada empezó a pegarse en el cuerpo del Hovani, y pronto sus pies, morados por culpa del veneno, estaban empezando a recuperar su color original.

No haría efecto lo suficientemente rápido. Lesier pudo comprender eso en un instante. Y por si todo eso fuera poco, ya no tenía tiempo. Sus pies habían empezado a hincharse. Tenía que salir antes de llegar a la última etapa o sería demasiado tarde.

Tomó algo de uno de sus bolsillos y empezó a correr, rápido y sin ver atrás.

Cada paso que daba hacía que todo su cuerpo se estremeciera. El dolor era casi insoportable. Quizás por ese motivo las personas que entraban en la neblina nunca salían. Pero tenía que hacerlo. Mordió sus labios y continuó.

Yorick no se quedó de brazos cruzados al ver movimiento en los arbustos, y su Palabra empezó a tomar forma nuevamente. Rayos salieron de las manos de Yorick al ver a Lesier salir de la neblina acompañados de un gran estruendo. Sin embargo, esos rayos nunca llegaron a su destino.

La bomba lanzada por Lesier explotó al contacto con el rayo, dejando salir su contenido. De un momento a otro, todo el campo de batalla estaba cubierto por una gruesa capa de humo.

Lesier jadeó erráticamente, su plan había funcionado. Si el Hovani no lo hubiera infravalorado, él habría perdido al instante. Pero su cuerpo ya no daba más de sí. La poción estaba dejando de hacer efecto, y aún tendría que esperar unos minutos antes de que su cuerpo vuelva a la normalidad completamente.

—¡Por la palabra divina, Yuuvan! —exclamó—. ¿¡De verdad creíste que esos sucios trucos funcionarían conmigo!? —Rugió Yorick— ¡Recordarás el día en el que osaste mancillar el nombre de los Hovani!

Las palabras de poder tronaban, haciendo temblar la tierra una vez más. Venía otro ataque, pero esta vez, Yorick no se iba a contener.

Lesier no tenía otra opción. Tenía que aprovechar el momento antes de que el humo se disipara. Sacó una botella del cinturón. El envase no se parecía a la poción que había usado anteriormente. Esta tenía un enchapado dorado en su costado, y estaba cerrada con un corcho color plateado que daba la ilusión de ser caro. La bruma en su interior, también plateada, parecía nieve flotando en el aire. Él sabía que no tendría otra oportunidad para usarla.
«Espero que esto sea suficiente». Dijo Lesier.

Destapó la botella y la bebió de un solo trago.


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Kocmo (Preludio, CH1)

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